miércoles, 3 de abril de 2019

La legitimidad socialista para gobernar Venezuela



Ya me había acostumbrado a oir y leer el término “ilegítimo” aplicado contra el Gobierno del Presidente Maduro no solo por parte de la oposición interna sino también por todo el concierto internacional que se ha conjurado como una especie de nueva “Santa Alianza”, no ya feudal contra la burguesía sino ahora burgués (capitalista) contra el socialismo, al estilo Grupo de Lima, Gobierno Norteamericano, algunos gobiernos de Europa, Luis Almagro, entre otros, de forma tan laxa y vacía de contenido que ni reparaba en ello, pero el oírla de parte de algún pensador de izquierda, aún con la salvedad de tratarse de su acepción gramsciana, me movió a reflexión desde una perspectiva teórico-práctica marxista, si bien somera y apretada, dado que me va pareciendo que incluso en el campo revolucionario muchos terminan pensando las cosas desde la ideología hegemónica del enemigo.

En principio, toda sociedad de clases históricamente conocida ha sido gobernada por una minoría, expresión política de la clase social hegemónica, trátese de la sociedad esclavista, feudal o capitalista. En estos tres tipos de sociedad de clases, la minoría política en el gobierno es además la representación política de una clase social minoritaria, que como minoría más organizada apoderada de los aparatos de coercitivos del Estado y basada en su hegemonía cultural (ideológica) ejerce el gobierno sobre el resto de las clases sociales. Mas precisamente: el Estado esclavista fue la forma de ejercicio del gobierno de la clase esclavista sobre el resto de las clases (esclavos, artesanos libres, comerciantes); así como el Estado Feudal fue la forma de ejercicio del gobierno de la nobleza feudalista (terrateniente) sobre el resto de las clases sociales (siervos campesinos, empleados públicos, artesanos libres, comerciantes, esclavos); de la misma forma que el estado burgués (capitalista, pues) es la forma de ejercicio del gobierno por parte de la burguesía minoritaria hacia la clase trabajadora mayoritaria.

La comprensión de esa regularidad en la historia de la humanidad llevó a Marx a formular la propuesta de cambio civilizacional del socialismo, y su forma específica de Estado, como el ejercicio del Gobierno, por primera vez en la historia desde que aparecieron las clases sociales, de la clase mayoritaria sobre las clases minoritarias. En tal sentido, cualquier ejercicio del gobierno legal de la expresión política de la clase trabajadora, no ya como minoría más organizada sino como mayoría, además organizada y con los aparatos coercitivos del Estado bajo su control, no es solo cuantitativamente sino también cualitativamente más legítimo que el de las clases antecesoras en el poder.

Cabe destacar que con mayor regularidad el paso a la posición de dominio de cada clase dirigente, incluido el ascenso de la burguesía a esa condición, y con ello el establecimiento de cada forma de sociedad, se dio inicialmente por medios violentos y posteriormente a través de la hegemonía ideológica con la cual la obediencia de las clases así gobernadas, identificada por algunos filósofos de la antigüedad como consenso o legitimidad, se volvió parte del acervo cultural.

Solo un breve paseo por la historia occidental nos muestra el ciclo de confrontaciones de la burguesía ascendente contra la nobleza feudal desde la baja edad media en toda Europa hasta la guerra civil de Inglaterra (1642-1682), y de ahí a la Revolución Francesa (1789), pasando por los ciclos revolucionarios de la burguesía contra el régimen feudal en 1820, 1830 y 1848 en Alemania, España, Portugal, Italia, Rusia y Grecia, hasta incluso la llamada “Primera Guerra Mundial” que acaba con los últimos regímenes feudales europeos, el zarismo ruso incluido, para corroborar que el ascenso al poder de la Burguesía tanto en Europa como en Norteamérica (Guerra de Independencia de 1875-1783 y Guerra Civil de 1861-1865) se alcanzó por medios violentos, y solo después de ello impuso como parte de su hegemonía ideológica su propia noción burguesa de legitimidad.

Pero a diferencia de la noción esclavista y feudal de legitimidad, fundamentada religiosamente en la supuesta voluntad divina en relación a la coronación de los monarcas y a su derecho también de origen divino a gobernar, la burguesía desarrolló el concepto de legitimidad elevándolo al rango de categoría jurídico-política, convertida hoy en parte esencial de la ideología legitimadora del régimen burgués, desde la cual se pretende descalificar a los movimientos revolucionarios socialistas en sus pujas por acceder y/o mantenerse en el poder con miras a la conformación del socialismo como nuevo tipo de sociedad.

En el campo del pensamiento liberal burgués, para Rousseau, por ejemplo, la legitimidad deriva de la “voluntad general” de la población (“los sometidos al poder”) de aceptar y/u obedecer al Estado y al Gobierno teniendo como basé un régimen, escrito o no, que funge como especie de “contrato social” entre los gobernados y el gobernante. Para Max Weber la legitimidad tienen tres fuentes, la tradición, el carisma y la racionalidad, y expresa la capacidad de un poder de hacerse obedecer sin tener que recurrir a la coacción implícita en la amenaza de la fuerza, de forma tal que se tendría por legítimo a un Gobierno que cuente con el consenso entre los miembros de la comunidad política para aceptarlo.

En ambos casos el concepto de legitimidad sólo sirve para explicar la aceptación-obediencia o el rechazo-desobediencia por parte de los gobernados partiendo de una sociedad y un Estado dados, es decir en plena vigencia, como resultado de la percepción del apego o de la violación a los requisitos pautados en el régimen (contrato social) entre gobernante y gobernados, o bien de la percepción de abundancia o de carencia de legitimación por tradición, carisma o racionalidad, pero no recoge el conjunto de situaciones que implican la transición de una sociedad a otra, de un tipo de Estado a otro, regularmente por medios violentos, durante la cual se imponen históricamente un nuevo tipo de racionalidad, de tradiciones y de carismas; y cuando digo se impone me refiero al uso de la coacción y la coerción material que a fuerza de materializarse sobre el cuerpo de los gobernados se convierte con el tiempo en potente (auto)regulador de la conducta social, cosa que no explica la categoría de “legitimidad” burguesa. Mucho menos recoge tal concepto, el choque de intereses económico-sociales y políticos de clase, antagónicos muchos de ellos tanto cualitativa como cuantitativamente (clases mayoritarias versus clases minoritarias).

Ahora bien, aun remitiéndonos solo a la perspectiva burguesa de legitimidad el Gobierno del presidente Maduro, con base en los requisitos del contrato social entre el gobernante y los gobernados (Constitución de la República Bolivariana de Venezuela) demostró que existió el 20 de mayo de 2018 la “voluntad general”, expresada tanto en la mayoría de los que fuimos a votar como en los que se abstuvieron puesto que así lo dispone nuestro contrato social, de aceptarlo como gobernante y ello impone, de acuerdo a las reglas de la democracia, la obediencia por parte de los que resultaron minoría electoralmente hablando.

Compárese los resultados electorales que otorgaron la presidencia a Maduro (67,84 % de votos válidos – 30,42 % del padrón electoral) con los que llevaron a la presidencia a cualquier gobernante americano y se verá claramente la legitimidad de origen desde el punto de vista del derecho burgués del presidente venezolano: Colombia, Iván Duque 54 % VV – 28,70 % PE; Chile, Sebastián Piñera 54,58 % VV – 26,46 % PE; Paraguay, Mario Abdo Benítez 46,44 % VV – 28, 32 % PE; Panamá, Juan Carlos Varela 39,1 % VV – 29,49 PE; Canadá, Justin Trudeau 39,46 % VV – 27,03 % PE; EEUU, Donald Trump 46,09 % VV – 27,2 % PE, caso éste que dejé de último por el llamativo hecho de que la contendora demócrata, Hillary Clinton, obtuvo más votos (48,18 % VV – 28,43 PE) y sin embargo el régimen de ese país legitima que a pesar de que la “voluntad general” escogió a una gobernante, sea otro el que acceda al poder.

Si basamos en Weber la acepción burguesa de legitimidad veremos que Maduro tiene como fuentes legitimadora para el chavismo, que es un movimiento político y social realmente existente con millones de militantes, simpatizantes y seguidores, así como para la población en general, la tradición inaugurada por el comandante Chávez en torno a las ideas del socialismo, el propio carisma del presidente en términos de los que Weber precisaba como heroísmo o ejemplaridad sobre todo por la capacidad de navegar en las turbulentas aguas de la agresión imperialista norteamericana y en la legitimación racional de en cuanto a motivaciones objetivas como los intereses materiales y sociales que amplios sectores de la población tienen en que el Gobierno Bolivariano de Venezuela siga desarrollando las políticas sociales que tantos beneficios nos han traído y que tenemos la aspiración racional de preservar y aumentar.

Pero es el caso que en el campo revolucionario hay también una categorización de la legitimidad política, destacando particularmente las aportaciones de Antonio Gramsci, precisamente el autor en quien se basan los izquierdistas que motivaron este escrito con su declaración de la pérdida de legitimidad de la revolución bolivariana.
Gramsci recoge de la concepción burguesa la idea de legitimidad como consenso pero otorgando un peso determinante al “complejo de las actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio, sino también logra obtener el consenso activo de los gobernados”, es decir lo que el llamó sustento hegemónico como principios conformadores de la cultura del pueblo (hegemonía cultural).

Para el comentado autor esa hegemonía se da dentro de una “bloque histórico” entendido por tal un momento histórico-social dado en el que se corresponden a) unas relaciones materiales o estructura económica, representada por las corporaciones privadas, a lo que denomina sociedad civil, b) una forma de organización jurídico política del gobierno de la sociedad por parte de la clase hegemónica, a la que denomina sociedad política o Estado, y c) unas formas del pensamiento, es decir una ideología, expresión cultural de la hegemonía de la clase dirigente. Entonces para Gramsci la legitimidad viene dada por el consenso activo de los gobernados en torno a la forma del pensamiento hegemónico de la clase dirigente, de donde se deriva que es necesario producir una especie de desajuste en el Bloque Histórico en la esfera de la cultura logrando que la ideología de la clase trabajadora se posicionen como principios informadores o conformadores de la cultura del pueblo, lo que abrirá paso la hegemonía en la sociedad política (el Estado) y en la sociedad civil (la economía), es decir a un nuevo “bloque histórico”.

El asunto que no precisa Gramsci, y no podría haber lo hecho, es cuándo o en q condiciones cuantitativas o cualitativas se puede asumir alcanzada la nueva hegemonía cultural, aspecto por demás importante dado que desde 1998 el comandante Chávez inició un trabajo de promoción de nuevas formas del pensamiento, primero nacionalista, luego antiimperialista y posteriormente socialista, los cuales han cristalizado en un conjunto de ideas y prácticas sociales informadoras de la cultura emergente del pueblo, que coronaron una victoria en la dirección del Estado (sociedad política) en 2006, 2012 y 2018, solo faltando el acople de la sociedad civil, es decir de la estructura económica para completar la configuración inicial de un nuevo bloque histórico, terreno en el cual se libra actualmente una ardua lucha en la que se han conjurado en nueva “Santa Alianza” las más portentosas fuerzas económicas, políticas y culturales del Bloque Histórico capitalista mundial, para tratar de proyectar hacia dentro de la sociedad venezolana y hacia el exterior una supuesta carencia de legitimidad que favorezca la interrupción violenta del proceso de conformación del nuevo bloque histórico socialista en Venezuela.

De modo que solo desde una perspectiva burguesa externa a Venezuela el Gobierno Bolivariano, podría carecer de legitimación tradicional, carismática o racional puesto que efectivamente el proyecto socialista del siglo XXI no se acopla con el sistema hegemónico capitalista mundial, mas en lo que respecta a la legitimidad histórica civilizacional, la legitimidad burguesa nacional y la legitimidad gramsciana no existe gobierno más legítimo en el mundo que el de Nicolás Maduro Moros.

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